Las prostitutas que trabajan en Galicia, lo hagan esclavizadas, como autónomas o en calidad de alternadoras, facturan diariamente en torno a 1,7 millones de euros.
Xurxo Lobato
(FÉLIX SORIA )
En el II Congreso Mundial de Prostitutas, celebrado en la sede bruselense del Parlamento Europeo, el texto de una pancarta dio la vuelta al mundo: «Ilegalizar la pobreza, no la prostitución». Dieciocho años después de aquella histórica reunión, la consigna sigue vigente porque refleja parte de la realidad. La mal llamada profesión más antigua del mundo —los primeros oficios que ejerció la mujer fueron la artesanía y la agricultura— provoca cíclicas diatribas. Durante el pasado mes de enero tres sentencias judiciales, una de ellas del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, han reabierto la polémica.
Pero mientras unas y otros polemizan, ¿qué ocurre en el submundo gallego de la prostitución? Pues, entre otras cosas, ocurre que la oferta ha aumentado y que el porcentaje de autónomas (las que trabajan por su cuenta, sin depender de proxenetas ni alternar en barras americanas) ya suponen el 10% de las profesionales. En paralelo, los propietarios de clubes aprenden a operar sin burlar las leyes. Sin embargo, la mayoría de los dirigentes sociales, económicos y políticos siguen esquivando el problema.
Disponer de datos objetivos sobre el negocio de la prostitución es prácticamente imposible. Pero hay cifras orientativas, las que manejan organismos gubernativos y las oenegés dedicadas a la reinserción social, que pese a su valor relativo reflejan una realidad inquietante. Tomando como base distintas fuentes, cabe concluir que el censo español de personas cuyos ingresos dependen directamente de la prostitución es de unas 580.000 y el gallego superaría las 24.000. En España, la prostitución mueve unos 32 millones de euros cada día (5.320 millones de pesetas) y en Galicia, en torno a 1,7 millones (283 millones de pesetas).
Es decir, esa actividad factura anualmente en España algo más de 11,6 millones euros (casi dos billones de pesetas), y en Galicia unos 620 millones de euros (más de 100.000 millones de pesetas).
«Salvo lo que declaran los establecimientos hosteleros donde se practica el alterne, el resto de ese dinero está libre de impuestos», ha precisado un inspector de Hacienda coruñés. Y lo más preocupante, «los proxenetas y las mafias dedicadas a la inmigración ilegal (trata de blancas) dedican parte de las ganancias a ampliar sus actividades, invirtiendo también en operaciones de narcotráfico» y, al mismo tiempo, «el dinero no declarado contribuye a distorsionar los precios, por ejemplo en el mercado inmobiliario», ha comentado un oficial de la Guardia Civil pontevedresa consultado por La Voz de Galicia.
Una brasileña
Siete y media de la tarde del pasado martes, en el extrarradio de Vigo, una veinteañera brasileña inicia su jornada laboral en un local al que acuden obreros y pequeños empresarios, hombres casados, solteros y divorciados, sesentones y jovencitos, agnósticos y católicos. La joven tiene la tez morena, los labios carnosos y los ojos verdes, el pelo castaño claro y lacio, poco más de 160 centímetros de estatura y apenas 45 kilos de peso.
Habla en un susurro, insistiendo en que «no fotos, no nomes». ¿De dónde eres? «Teño familia en Río», contesta en galego-brasileiro. Casi todas las brasileñas dicen proceder de Río. ¿Tienes hijos? «Unha meniña». Envía dinero a casa, también como casi todas. En Brasil 600 o 700 euros al mes son ingresos de clase media alta.
«Cheguei hai catro semanas», como turista. No debe nada a ningún intermediario. En Galicia ya funciona el boca oreja entre las nacionales de varios países suramericanos. Las hay que trabajan tres o cuatro meses y abandonan España antes de ser expulsadas por carecer de permiso de residencia, lo que les permite regresar después de haber trabajado otros tres o cuatro meses en Portugal o en Francia. Una vez que comprueban que la rotación funciona avisan a sus amigas, e incluso a familiares.
Un empresario
Roberto L.S. es copropietario de un local del sur coruñés, tiene cincuenta y muchos años, con anterioridad había trabajado de camarero y de encargado en clubes del País Vasco y Madrid: «Me independicé hace un par de años». ¿Tiene muchos problemas legales? «No. Bueno, tenemos baile cuando la judicial hace controles en busca de inmigrantes ilegales». Y añade con énfasis: «Nosotros servimos copas y comidas, nada más». La registradora del establecimiento se nutre de vender aguas a 10 euros, cervezas a 25, benjamines a 60 o paellas para seis comensales a 100 euros por cabeza. Todo carísimo, pero legal.
¿Cuánto cobra usted cada vez que una chica sube a la habitación con un cliente? «Ni un peso», responde con la rotundidad del ofendido. «Ella paga 20 euros diarios por comer, dormir y tener la habitación y la ropa limpias. Lo que haga con los hombres y lo que gane con ellos es cosa suya».
El ciclo de las brasileñas, colombianas, venezolanas o rusas que entran y salen de Galicia, yendo y viniendo de Portugal, Francia o Sudamérica, se repite durante tres, cinco, ocho años: «Voltarei cando teña aforrados douscentos mil dólares», dice la brasileña de ojos verdes.
Una colombiana
«Yo regresaré a Cali cuando haya pagado mi casita», comenta una colombiana que presta una media diaria de tres servicios a 60 euros cada uno —los sencillos, de media hora y sin extras—, veintidós o veintitrés días al mes. Ejerce en un club cercano a Lugo, junto a la hoy poco transitada N-VI.
También hay clubes de postín, con chicas de póster y de trato exquisito, vestidas para matar pero sin lucir colores chillones ni enseñar más de lo necesario, que atienden al cliente con medida cordialidad y que cobran 200, 300 y hasta 400 euros por una hora de servicio. Pero estos establecimientos son excepcionales y desde hace ya más de un decenio acusan una constante pérdida de clientela en beneficio de las prostitutas autónomas que —solas, o bien asociadas en parejas o grupos de tres o cuatro mujeres— ofrecen sus servicios mediante anuncios insertados en todo tipo de publicaciones y a través de Internet, operando en apartamentos donde la discreción y el trato personalizado son norma.
Las autónomas son cada vez más numerosas y, según fuentes del propio sector, en algunas ciudades ya acaparan más del 30% del negocio. Sólo en Vigo, se estima que hay unos 70 pisos y en A Coruña, medio centenar.
Las ricas son excepción
No obstante, la mayoría de las prostitutas que ejercen en Galicia lo hacen en clubes de alterne. Y de éstas, nueve de cada diez son extranjeras, siete de cada diez tienen entre 23 y 30 años, y sus ingresos netos medios rondan los 2.500 euros mensuales. Mientras que las llamadas prostitutas de lujo, trabajen en pisos propios o en locales de postín, acostumbran a superar los 4.000 euros netos al mes. Curiosa y significativamente, en este segmento minoritario las denuncias y los problemas legales son excepcionales. Estas elevadas ganancias, sin embargo, tienen valor relativo porque ninguna prostituta, tampoco las que logran el éxito económico, se libra de marginaciones sociales ni de conflictos familiares o afectivos. Todas, sin excepción, afrontan un futuro problemático porque a partir de los 32, 35 o 40 años de edad, en función de cuestiones fisiológicas y estéticas, se ven obligadas a replantearse el futuro, so pena de perpetuar su exclusión social. Pero las prostitutas más conocidas, las que cíclicamente suscitan atenciones desaforadas, son las de los clubes y las que se ofrecen en la calle, aunque estas últimas constituyen un fenómeno cada vez más marginal y humanamente más sangrante.
Problemas añadidos
«A las rumanas no queremos verlas ni en pintura», enfatiza el camarero de un club pontevedrés. ¿Por qué? «Detrás de ellas vienen ellos». ¿Quiénes? «Yo qué sé, los maridos y proxenetas. Y los que son las dos cosas a la vez». No es el único establecimiento que rechaza a las rumanas, temores que también suscitan las kosovares y que, en algunos ambientes, también concitan las colombianas. Por el contrario, de las llegadas del Este europeo son apreciadas las rusas, polacas, checas, eslovenas y eslovacas, aunque en Galicia han recalado sólo unas decenas.
En el caso de las colombianas, ¿hay relación entre el consumo de cocaína y esa precaución? «Algo hay, algo hay...» Los empresarios afiliados a la Asociación Profesional de Espectáculos y Servicios de Galicia (Aproesga), organización a la que pertenecen una docena de hosteleros que explotan locales de alterne, son especialmente escrupulosos a la hora de evitar la droga: «Una drogadicta siempre genera conflictos, y más si busca un sobresueldo vendiendo droga a sus clientes. El consumo acostumbra a llevar al comercio. Y lo mismo ocurre con los hombres que entran en un local creyendo que es el lugar adecuado para esnifar una rayita». ¿Cómo evitarlo? «Nuestro consejo es que los echen —responde tajante Carlos P.G., asesor legal de Aproesga—. No hay términos medios. En esto los asociados nos hacen caso».