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COMUNICACIÓN Y PRENSA
N O T I C I A S
"El francés a 20; el polvo a 30"
[ Diario. Noticias de Alava 10/01/2008 ]

Lo que yo estoy haciendo es para mis hijos, para que ellos vivan y tengan su profesión. Yo no la tuve ni me la dieron mis padres, no pudieron". El testimonio procede de una de tantas mujeres que un día se vieron obligadas a salir de su país y, convencidas de que ése era el único camino, pusieron precio a sus relaciones sexuales. Todas sufren en Euskadi un doble estigma, el de ser extranjeras y prostitutas. Algunas no pueden escapar de la espiral, porque han contraído una deuda con quien las trajo que no deja de crecer. Y otras cierran los ojos y se dejan arrastrar, porque creen que lo más sórdido es lo más fácil. No son felices, pero las que trabajan en pisos compartidos se sienten afortunadas cuando piensan en las que se juegan el pellejo en la calle.

Las chicas de las rotondas anotan las matrículas de los coches antes de subir y confían en que la Policía ande cerca. Los clientes las golpean demasiadas veces, sobre todo cuando ellas se niegan a mantener relaciones sexuales sin preservativo. Es una cuestión de salud, porque la dignidad la venden barata. "Aquí el francés se suele cobrar a 20 y la penetración a 30", relata una joven en el informe de Emakunde. Existe una cierta autorregulación de la actividad, que siempre es intensa. La jornada suele comenzar a las 23.00 horas y finaliza entre las 3.00 y 4.00 horas, un poco más tarde en fin de semana. Es lo que toca para el escalón más bajo de la prostitución, el de las mujeres con una necesidad más apremiante de dinero.

En los clubes, las prostitutas ejercen con más tranquilidad, aunque no tanta como en los pisos, y en condiciones laborales muy distintas. Suelen trabajar de 22.00 a 3.00 horas o de 6.00 a 12.00 horas. Normalmente, se quedan con el 75% de los beneficios -60 euros el servicio de media hora- y el resto va al local. No obstante, existe otro sistema de reparto de ingresos habitual: una tarifa fija de 40 a 60 euros independientemente del número de servicios y la mitad del dinero invertido en copas. Ellas se conforman, más preocupadas por no caer en las drogas. Es tan grande la presencia de alcohol y cocaína que algunas se vuelven adictas y otras deben simular el consumo para no perder al cliente. Eso, mientras, a solas con el hombre en la habitación, temen por su integridad.