El suyo es uno de los establecimientos más conocidos del lugar. Tiene un sola planta y unos setenta metros cuadrados de superficie. Tras la puerta, que casi siempre está abierta, hay una cortina. Inmediatamente después aparece la barra del bar y, a su derecha, junto a una ventana por la que entra mucha luz, Casas duerme en un sillón, al lado de una estufa. Justo enfrente, una joven vestida con escasa ropa permanece sentada en un sofá de dos plazas.
Es de nacionalidad portuguesa, y saluda a la periodista cuando entra en el establecimiento, aunque cuando ésta se identifica, despierta al jefe, se pone un chal por encima, y se va hacia la puerta. No hay ningún cliente, ni nadie entra tampoco en el tiempo que dura la entrevista.
Lo mismo ocurre en el otro establecimiento visitado, el de la esquina de la rúa O Pombal. Su propietario, que asegura estar de alquiler, indica que ayer "sólo vendí tres cervezas. Hoy, en toda la mañana no he despachado nada". Aquí también hay un sofá, y cuatro mujeres, una de ellas de color y otra de rasgos dominicanos, que estaban viendo la televisión hasta que llegó la redactora de este diario. Al verla se marcharon por una puerta que accedía a unas escaleras. "No quieren hablar", asegura el dueño desde detrás del mostrador.
En este barrio ejercen la prostitución "unas veinte mujeres". Según un informe al que tuvo acceso EL CORREO GALLEGO, la mayoría son españolas o portuguesas. Suelen contar con unos "35 años en adelante, aunque la mayor tiene 60". Viven "en una situación que podíamos llamar marginal o de muchas carencias, y poseen un nivel cultural bajo, por lo que es casi imposible su inserción laboral", indica este documento.
Algunas, las más antiguas, "reciben una pensión no contributiva. Es decir, unos 300 euros al mes", pero esto no es suficiente, por lo que "acuden a estos lugares unas horas al día. Cobran entre 10 y 20 euros por servicio, aunque puede que, en algún caso, algo más", dice el informe. "No ganan ni para vivir en una pensión", comenta uno de los propietarios. En estos bares disponen de un habitáculo para ejercer su profesión, "aunque también se las llevan en coche".
Enrique Casas, oriundo de Ferrol, camarero en Suiza y desde hace 32 años dueño del bar Trébol, indica que "antes se trabajaba mucho". La mejor etapa coincidió con "el fin de la época de Franco y la de Suárez", afirma el propietario del otro local, el de la esquina de la rúa Pombal. "Fue con Aznar cuando esto empezó a decaer", señala este último. Casas, sin embargo, dice que "empezó a descender cuando surgió lo del sida, porque mucha gente tenía miedo, y porque no hay dinero tampoco".
Hace unos años, este hombre tenía otro local, "mucho más grande, en el que había 14 y hasta 16 mujeres", dice. En el Trébol, sin embargo, actualmente suelen estar "cuatro, que vienen por la mañana y por la tarde, porque por la noche ya no se trabaja nada". Atienden a una media de "dos personas al día, aunque hay muchas jornadas de "ninguna".